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"Sin duda alguna, me iría con mi familia": una estudiante nacida en Aspen se enfrenta a la posibilidad de que sus padres sean deportados

Angie, her sister and her parents stand in their kitchen on Jan. 18, 2026.
Sarah Tory
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Aspen Public Radio
Angie, su hermana y sus padres posan en la cocina de su casa el 18 de enero de 2026.

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Una tarde de mediados de enero, el último día de las vacaciones de invierno, Angie se esforzaba por hacer las maletas. Al día siguiente volaría de vuelta a California para comenzar su segundo semestre en la universidad.

"Soy la que más cosas lleva cuando hace las maletas", dijo, mientras observaba la gran pila de ropa que se había amontonado sobre su cama y el suelo de su habitación.

"Mi madre y yo no somos consumistas, pero es que me encanta la ropa".

Hacer las maletas no es lo único que le cuesta a esta estudiante universitaria de primer año de 17 años. Angie y su familia son muy unidos y, en un mundo ideal, se los llevaría a la universidad con ella, dijo. Su padre, Davide, estaba de acuerdo. (No utilizamos sus nombres completos ni información que los identifique porque les preocupa que su situación migratoria los convierta en blanco de las autoridades).

"Siempre hemos estado juntos", dijo en español. "Cada vez que se va, es difícil".

La separación también se le hizo más dura a Angie. A medida que se han intensificado las medidas de control de inmigración bajo la Administración Trump, ella es una de los millones de niños con padres indocumentados que se enfrentan a nuevos temores y decisiones difíciles.

"Tengo miedo de que, si me voy, les pase algo a mis padres", dijo.

Angie nació en Aspen, pero pasó su primera infancia en Guerrero, México, el estado natal de sus padres, donde nació su hermana menor. En la ciudad natal de su padre no había muchas oportunidades de educación: la mayoría de la gente tenía que trabajar. Sus padres querían un futuro diferente para sus hijas.

Regresaron al valle de Roaring Fork cuando Angie tenía 7 años. Para sus padres, el traslado tenía como objetivo brindarles más oportunidades a sus hijas. Para Angie, también significó madurar rápidamente.

Aprendió inglés y se convirtió en la traductora de sus padres, encargándose de los documentos fiscales, programando citas médicas y reservando cambios de aceite. Sus padres trabajaban muchas horas, lo que dejaba a Angie a cargo de gran parte de las responsabilidades domésticas.

"Me levantaba y peinaba a mi hermana, le preparaba el almuerzo y luego la llevaba al colegio, y la recogía", dijo. En lugar de salir con sus amigos o apuntarse a equipos deportivos o clubes, Angie solía quedarse en casa, descongelando el pollo y preparando los frijoles para que su madre pudiera hacer la cena cuando llegara del trabajo.

Los estudios eran su vía de escape. En la preparatoria, cursó tantas asignaturas avanzadas (AP) como pudo. Su objetivo era ir a la universidad y, algún día, ganar suficiente dinero para ayudar económicamente a sus padres.

Angie siempre había querido ir a la universidad fuera del estado y, la primavera pasada, recibió una carta de admisión de una universidad de California.

Pero en junio, una serie de redadas de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU.) en Los Ángeles provocó cientos de detenciones y deportaciones, así como protestas generalizadas.

Los padres de Angie siempre habían planeado llevarla en coche a California para el inicio del curso, pero de repente el plan parecía demasiado arriesgado.

A medida que pasaban las semanas, veía más titulares sobre los controles de ICE y las paradas de tráfico por motivos raciales. Más cerca de casa, había informes de un aumento de la actividad de ICE en el valle de Roaring Fork y el corredor montañoso de la I-70. Angie tomó una decisión: no habría viaje familiar por carretera a California.

Sabía que su padre, que siempre se sentía más ansioso ante la posibilidad de la deportación, aceptaría su decisión más fácilmente que su madre. Ángela siempre fue la que les decía que no tuvieran miedo.

"El miedo atrae al miedo", les decía a Angie y a su hermana, recordándoles que México era su país; que no debían tener miedo de volver.

Una noche, mientras lavaban los platos juntas, Angie le dijo a su madre: “No pueden llevarme a la universidad".

Ángela aceptó a regañadientes el razonamiento de su hija. Aun así, la madre de Angie se sentía despojada de algo precioso: el tipo de acontecimiento importante en el que ella y Davide siempre habían estado presentes.

En cambio, Angie tuvo que averiguar cómo llegar a la universidad por su cuenta. Los boletos de avión eran caros y no sabía cómo iba a meter todas sus cosas. Al final, voló a California en agosto para comenzar su primer año de carrera con su orientadora universitaria, Robin Colt, quien pagó el viaje con millas aéreas no utilizadas.

Pero la situación planteó una pregunta más importante: ¿qué haría si deportaran a sus padres y a su hermana? Aún no había cumplido los 21, la edad que le permitiría patrocinar las tarjetas de residencia de sus padres, y, en cualquier caso, le parecía un riesgo demasiado grande. Cada vez más inmigrantes eran detenidos en citas rutinarias de inmigración.

Graduarse en la universidad siempre había sido su sueño, pero no si eso significaba perder a su familia. Si tenían que irse, decidió, ella iría con ellos.

Le costaba explicar su decisión a los demás. "¿Por qué te irías?", le preguntaban.

"Es mi familia", respondía ella. "Prefiero estar allí con ellos en lugar de estar en medio de todo lo de la universidad. Sin duda alguna, me iría con mi familia".

Tras unos días frenéticos de mudarse a su residencia y correr a Target, Angie estaba junto a Robin en el gimnasio de la universidad con el resto de estudiantes de primer año y sus padres. Un proyector reproducía videos cortos que los estudiantes habían grabado para agradecer a sus padres su apoyo. Angie le dijo a Robin que ella no había hecho ninguno. Sabía que sus padres no podrían estar allí para verlo.

El Dr. Kenny Nienhusser, quien se desempeña como profesor asociado en la Universidad de Connecticut, realizó entrevistas a familias de estatus migratorio mixto tras la elección de Trump para conocer el impacto de las políticas de inmigración en sus vidas.

Los padres hablaron de sus planes de contingencia en caso de que fueran deportados: explicar a sus hijos, ciudadanos estadounidenses, cómo gestionar el coche familiar, la casa y otros bienes, y decidir quién cuidaría de los niños más pequeños.

Mientras tanto, sus hijos hablaban de evitar viajar y de sus temores de poner en riesgo a sus familias, así como de lo que significaría una deportación para su educación o sus finanzas. Nienhusser describió estos cambios en el comportamiento y los pensamientos como “adaptaciones por un miedo exacerbado”.

"Ser capaz de asumir esa responsabilidad es realmente pesado", dijo.

Davide y Ángela siempre han dicho a sus hijas que si aprenden a vivir donde están y con lo que tienen, serán felices. Últimamente, les ha costado seguir su propio consejo.

En el último año, se han quedado más en casa. Solo salen para ir al trabajo y comprar comida. No vale la pena el riesgo: las niñas los necesitan aquí.

Durante su trayecto al trabajo, Davide suele escuchar una canción del cantante folk argentino Facundo Cabral, "Este es un nuevo día".

La canción es un recordatorio, dijo, de que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo, en caso de que se vean obligados a regresar a México.

Mientras tanto, se dicen a sí mismos que este momento pasará, e imaginan un momento en el futuro: dentro de tres años, estarán en California viendo a Angie cruzar el escenario, con toga y birrete, para recibir su diploma.

Esta noticia fue traducido en español por Convey Language Solutions.

Sarah is a journalist for Aspen Public Radio’s Women’s Desk. She got her start in journalism working for the Santiago Times in Chile, before moving to Colorado in 2014 for an internship with High Country News.